domingo, 23 de julio de 2017

Y es un instante todo



Y es un instante todo. 

Humo

que en la distancia surge

y se deshace

como ofrenda a la nada.

Y en este altar,

que parecía eterno,

de golpe ya no queda

ni víctima, verdugo, ni testigo,

tan sólo una ceniza

sobre la ausencia de las cosas

y de los nombres muertos.

Liturgia del vacío.

Un humo en la distancia,

que en este instante es todavía y nunca.




Conrado Santamaría. La noche ardida. Ruleta Rusa Ediciones, 2017.

Imagen: Robert and Shana ParkeHarrison. Suspension.

sábado, 22 de julio de 2017

Llueve sobre la incertidumbre...



Llueve sobre la incertidumbre,

también llueve dentro de la casa,

y sobre las sartenes, donde de nuevo se fríe

un tiempo viejo, un tiempo Berlín

años treinta, oscuro y desolado.





Julia Otxoa. La nieve en los manzanos, 2000. En Ellas tienen la palabra. Dos décadas de poesía española. Noni Benegas y Jesús Munárriz. Hiperión, 1997.

Imagen: Alexander Deineka. Sin trabajo en Berlín, 1932.

viernes, 21 de julio de 2017

De todos los muertos que han venido a mí, uno que



Jamás he escrito contra los muertos. Me desabrocharía

la camisa y les diría que sí, que los cucuruchos

blancos dan aún leche azucarada,


pero cuando el reloj de oro de bolsillo del abuelo

llegó por avión sobre las Rocosas,

sobre el ámbar de los campos

y los ríos negros, con la mirada vacía de

mi abuela aplastada contra su nombre grabado,


pensé en él cuando ponía el plato

vacío delante de mi hermana, apagaba

las luces tras la cena, se sentaba en la habitación

oscura de la chimenea, la luz de las llamas

relampagueante en su ojo de cristal

en aquel cuarto en el que le enseñó a mi padre

a hacer lo que me hizo, y dije


No. Dije. Dejemos muerto a éste.

Dejemos que su caída a través del techo de cristal,

las esquirlas, girando, el armazón,

los trozos de cristal por el aire, sea aquí su

última comparecencia.





OF ALL THE DEAD THAT HAVE COME TO ME, THIS ONCE

I have never written against the dead. I would open my
shirt to them and say yes, the white
cones still making sugary milk,

but when Grandfather´s gold pocket-watch
came in by air over the Rockies,
over the dark yellow of the fields
and the black rivers, with Grandmother´s blank
face pressed against his name in the back,
I thought of how he put the empty
plate in front of my sister, turned out
the lights after supper, sat in the black
room with the fire, the light of the flames
flashing en his glass eye
in that cabin where he taught my father
how to do what he did to me, and I said

No. I said Let this one be dead.
Let the fall he made through that glass roof,
splintering, turning, the great shanks and
slices of glass in the air, be his last
appearance here.




Sharon Olds. Los muertos y los vivos. Bartleby, 2006. Traducción: J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas.

Imagen: Paula Rego. The Interrogator´s Garden, 2000.

jueves, 20 de julio de 2017

Cosas peores que la muerte



(Para Margaret Randall)


Me hablas de Chile,

de la mujer que fue arrestada

con su marido y su hijo de cinco años.

Cuentas cómo los guardias torturaban a la mujer, al hombre, al niño,

viendo todos todo,

“como les gusta a ellos”.

Cosas que son peores que la muerte.

Me imagino cogiendo entre mis dedos el pelo rubio ceniza de mi hijo,

echándole la cabeza hacia atrás antes de que se entere de lo que pasa,

degollándole, degollándome a mí misma

para evitarnos eso. Cosas peores que la muerte:

esta nueva idea invade mi vida. El guardia invade mi vida, el desagüe de su cuerpo, “como les gusta a ellos”. Los ojos del chaval, Dago,

viéndoles encima de su madre. Los ojos de la madre

viéndoles con Dago. Y nada que viví fue peor que la muerte,

la vida era hermosa como nuestra sangre en el terrazo,

para evitarnos eso –los ojos de mi hijo en mí,

los míos en él– el cerdo en nuestros cuerpos,

obligándonos a mirar a nuestro enemigo ancestral y reverenciarlo,

la eterna muerte misericordiosa

que nos deja marchar.





THINGS THAT ARE WORSE THAN DEATH
(For Margaret Randall)

You are speaking of Chile,
of the woman who was arrested
with her husband and their five-year-old son.
You tell how the guards tortured the woman, the man, the child,
in front of each other,
"as they like to do."
Things that are worse than death.
I can see myself taking my son’s ash-blond hair in my fingers,
tilting back his head before he knows what is happening,
slitting his throat, slitting my own throat
to save us that. Things that are worse than death:
this new idea enters my life.
The guard enters my life, the sewage of his body,
"as they like to do." The eyes of the five-year-old boy, Dago,
watching them with his mother. The eyes of his mother
watching them with Dago. And in my living room as a child,
the word, Dago. And nothing I experienced was worse than death,
life was beautiful as our blood on the stone floor
to save us that — my son’s eyes on me,
my eyes on my son — the ram-boar on our bodies
making us look at our old enemy and bow in welcome,
gracious and eternal death
who permits departure.




Sharon Olds. Los muertos y los vivos. Bartleby, 2006. Traducción: J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas.

Imagen: Fernando Botero. Abu Ghraib, 2005.

martes, 18 de julio de 2017

EL BANQUETE



Hoy comemos nosotros donde comieron reyes.

Mira cómo hiere la luz

sobre el mantel de hilo,

tejido en el oriente por tiernísimas

manos capturadas en sombra, cómo

dobla en cristal ajenas notas

y en la plata refleja,

con nitidez ingenua,

vuestras risas pobladas

de prestigios untuosos y carnívoros

dientes, cómo así su dominio

de fugaz apariencia

la porcelana ejerce

entre la dócil mística y sus ritos.

No hay miedo al tiempo

cuando el respaldo es firme

y la pared defensa.

No hay miedo al tiempo y, sin embargo, tiembla

imperceptiblemente,

por debajo del gozo,

tu conciencia tan limpia,

al paso de sirvientes

que en silencio os regalan

con lucrativos vinos

y platos donde brillan

los pavorosos logros de la razón lasciva:

langosta entera con texturas

de niebla y besamanos,

corderillo de leche con su riñón doblado,

cristalino de mango

con sorbete de oporto a la vergüenza.

Naturalezas muertas

de este tiempo borroso

en que verdugo y víctima se valen

de la misma paleta con que limpiar espinas.

Como usurpados

sientes los cuerpos que se rozan,

amputados los gestos,

vuestras palabras truncas.

¿Por qué tu voz se niega

a la hora del brindis, cuando el dolor se ciñe

al espinazo

y sabes que el indulto ya no basta?

Tú no vaciles. Mira,

son apenas efigies al fondo de una cueva.

No negocies ahora que la verdad te cerca

surgiendo desde el fondo,

de la región en sombras

donde el amor

es asco.

Yérguete, vamos,

sacude las palmadas ahítas de tus hombros,

y, con la copa en alto,

vence esa luz y grita serio:

“Amigos, por nosotros,

hoy comemos nosotros los despojos del mundo."





Conrado Santamaría. La noche ardida. Ruleta Rusa Ediciones, 2017.

Imagen: Pável N. Filónov. El banquete de reyes, 1913.