jueves, 17 de agosto de 2017

[Una vez me lanzaron allá arriba]



IV


Una vez me lanzaron allá arriba

donde nacen los depredadores.

Yo era un cobarde porque maldecía ser oruga

y tenía espanto de ser roble.

Me negaba a que me azotaran los vendavales.


Entonces fui un elegante y respetado ejemplar de saco y mocasines.

De posesión me dieron

una  mujer convulsa y ninfómana,

dos hijos que se mutilaron las alas

para quedarse anclados en el sillón de la sala

como viejos barcos de piratas

sin doblón de oro en sus entrañas

y un hermano que se fue.


Mi trabajo era arrancar uñas, taladrar dientes y romper testículos.

Dios guiaba mi mano

¿Quién iba a negar el poder de Él?

Yo era lo que Dios quería que fuera,

eso dijo mi guía espiritual.


Era milagroso escuchar las confesiones

con sólo enseñarle una bolsa plástica o el sonido del taladro.

El sonido era como el ronroneo de un gato que precisa de cariño.

Y la bolsa, una capucha diáfana para medir el valor.

A veces los gritos me transmitían mucha fatiga,

pero nada era en vano, porque siempre había un nombre o un número

que me despertara misericordia.





Esthela Calderón. Los huesos de mi abuelo, 2013. En El consumo de lo que somos. Muestra de poesía ecológica hispánica contemporánea. (Ed. Steven F. White). Amargord, 2014.

Imagen: Dino Valls

martes, 15 de agosto de 2017

El fracaso de la inmensa minoría



La honda en la mano fratricida,

la piedra y el espacio,

de nuevo la piedra,

la piedra ensangrentada.


En la galería de la academia de Florencia

un David

tallado en piedra de mármol de Carrara…


Mientras tanto,

el granito, el mármol, el cuarzo,

la pizarra y el carbón

aguardan en la mina

las hábiles manos

de los hijos del llanto.


Cuándo, compañeros,

cuándo seremos nosotros

los escultores de la historia.





Eladio Méndez. La memoria encendida. Amargord, 2017.

Imagen: Mircea Suciu. Autoexilio, 2013.

lunes, 14 de agosto de 2017

A CIELO DESCUBIERTO



No te vuelvas, amigo, continúa

tu derrota, no escuches mis palabras

tendidas como heridas

a cielo descubierto. Abiertamente,

no me importa la lluvia, los detalles

desdeñables del cielo,

como el frío o la niebla, que se van

como vienen, no me importa tampoco

la soberbia del viento

hinchándose insufrible de soledad y hastío

en plena primavera

de escaparates rotos,

no me importa el estruendo

del tráfico y sus humos,

tan desfiguradores

con su máscara turbia y sus ajadas

cenefas, excrecencia

de un día, no me importan

los ojos de la gente, siempre esquivos,

su paso apresurado por si acaso

en una esquina, de repente, los llama

una palabra

y no encuentran respuesta o calderilla

que respalde su fe o su desespero,

no me importa el olor

de la miseria, a veces bien calzada,

bien peinada y vestida, tan honesta

y versátil que no se reconoce

a simple vista, con su pan

bajo el brazo y el hijo de la mano

y el reloj tan valioso del tendero,

no me importa el amor

que se compra y se vende,

como un par de zapatos en rebajas

o una lata de anchoas o una silla

de ruedas que acarree

el cansancio de un día y otro día

hasta volverse féretro.

Amigo,

no te vuelvas, tú sigue

tu derrota tranquilo calle abajo,

no escuches mis palabras, tú a lo tuyo,

que mi lucha,

aunque nadie me suelte una moneda,

aunque sea invisible ahora en este margen,

mi lucha, ya te advierto,

no está nada perdida y debe continuar.





Conrado Santamaría. La noche ardida. Ruleta Rusa, 2017.

Imagen: Lee Jeffries. Homeless.

domingo, 13 de agosto de 2017

INSURRECCIÓN



INSURRECCIÓN:

            se suicidan 

            los pájaros

            contra los neumáticos,

la prima

            de riesgo

            sube al 610


Gaza

            se ilumina

            de infancias

            robadas.

36.000

civiles muertos

en Siria.


Harold Hamm

acuerda el divorcio

más caro,

            la cola

            del McAuto

            está llena


me expulsan

del aula por leer

a Rimbaud

            recortes

            en educación

            y sanidad,


y tú

me hablas

de tu nuevo Android


            soy

            un aeropuerto

            vacío.


En el parque

ya viven

13 sin techos


muere                                               (de tuberculosis)

un inmigrante

sin papeles


            -por negársele la asistencia sanitaria-


¿Lucha de clases?





David Castelo. Redención. Ruleta Rusa, 2015.

Imagen: Gerd Arntz. Ocupación de fábrica en Francia, 1936.